Y si mucho miras a un abismo… [Cuando metí mi nariz en la Deep Web].

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Ilustración de Paco Puente.

Escribí este texto para la edición de noviembre de la revista Mundo Diners.

Estoy en la Deep Web, en una de las varias wikis que se anuncian como direc­torios “legítimos” de ese, el lado oscuro de Internet. Encontré el enlace googleando, en una página que explicaba cómo entrar a ese territorio sobre el cual, hasta hace poco, no sabía nada. De hecho, hoy tam­poco sé mucho. Aún después de leer y de ver documentales y reportajes al respecto, después de hablar con personas que han navegado y que han hecho compras allí, después de haberme dado algunas zam­bullidas por sus aguas tan satanizadas, la imagen de la Internet Profunda que he lo­grado construir en mi mente no es clara ni estática. Muta con cada clic, con cada enlace, con cada ventana que se abre, que conduce a un nuevo submundo, a un es­trato más profundo. O también, a un sitio falso, diseñado para robarte información personal si cliqueas donde no debes.

Por ejemplo, la wiki en la que estoy ahora anuncia ser mejor que la Hidden Wiki, que para muchos novatos como yo es la puerta de ingreso a la Deep Web. Una calavera sonriente y encapuchada —hibri­dación entre la Parca y el Joker de Jared Leto— sostiene un cuchillo en la cabecera de la página. Debajo de ella se lee el eslo­gan “Just better than the Hidden Wiki”. Más abajo se despliega un menú extenso con categorías como “Digital gangster”, donde aparentemente puedes contratar hackers para “arruinar” personas y robar­les su contraseña de Facebook. “Darknet markets” ofrece rifles de asalto, pistolas y lanzagranadas. Otras categorías son más oscuras. En “Illuminati” está listado un simulador para derribar aviones de pasa­jeros y en “Kill and Fuck”, una colección de pornografía con gente muerta.

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El triunfo cinematográfico del caudillo. Leni & Hitler, un performance macabro

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El triunfo de la voluntad, filme de Leni Riefenstahl, es una pieza documental siempre polémica debido a la tensión entre su alto contenido propagandístico nazi y su fuerte carga autorial. Con ella arrancó La fractura del siglo, una muestra concebida por Sara Roitman y programada, en su tercera edición, por Daniel Nehm. Este año, el eje temático fue el Estado de Propaganda. Este texto fue publicado originalmente en GK.

El cielo de Núremberg está empañado. Brotes de nubes lo cubren por aquí y por allá. La cámara las observa desde lo alto, las sobrevuela. La cámara está abordo del avión que lleva a Adolf Hitler al Congreso del Partido Nacionalsocialista. Es 1934. El movimiento es la única potencia política en Alemania y Hitler es el Canciller, el Führer, el líder absoluto del Tercer Reich. Cuando el horizonte de la ciudad aparece en pantalla, la cámara “sale” del avión y la sombra de éste repta por las calles. Planos generales y travellings muestran banderas con la esvástica —insignia del partido y del Reich— colgando de las edificaciones. La gente marcha hacia el aeropuerto. Niños, adolescentes y adultos se asoman a las ventanas y sonríen. Levantan el brazo derecho formando el saludo nazi. Primeros planos exhiben los rostros de mujeres jóvenes atravesados por muecas de euforia contenida; una se moja los labios, otra se los muerde, otra observa expectante. Saben que van a ser cortejadas, que van a ser seducidas.

Cuando el avión aterriza, la burbuja explota. Hitler es recibido por una masa humana con cientos de brazos alzados y con una sola garganta que grita Heil Hitler! y Sieg Heil! Ya en la comitiva de automóviles que va a su hotel, el Führer saluda a su pueblo con el brazo derecho, no estirado sino levantado en un ángulo de unos 45 grados. Luego recibe un ramillete de una mujer que carga a un niña de unos tres años. Ella también lo saluda con su bracito rechoncho alzado.

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Mis días con Potter

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Texto publicado originalmente en Matavilela por los 20 años del nacimiento de Harry Potter, el fenómeno literario.

Cuando Harry Potter y La piedra filosofal llegó a mis manos, yo tenía 15 años, el pelo rojo y por las paredes de mi cuarto trepaba una docena de pósters de Kurt Cobain. Nunca había oído ese nombre escrito con letras gigantes en la portada del libro —la que me pareció infantil, naíf y lo primero que pensé fue que sonaba meloso: HA-RRY PO-TTER. Meloso, pero con un atractivo escondido entre sus cuatro sílabas, entre su métrica sencilla y la referencia a un compuesto alquímico que en mi niñez me había fascinado por su capacidad de convertir materiales inútiles en metal precioso. Lo que me atraía de esa idea no era el resultado final: obtener oro a partir de mis anillos de lata, por ejemplo. Me atraía la posibilidad de que algo pudiera transformarse en otra cosa. Me atraía más la posibilidad de que existiese una sustancia que pudiera dar a alguien la inmortalidad (hasta hoy fantaseo con vivir para siempre), una sustancia que pudiera romper las leyes del universo, que pudiera rasgar de un tajo la realidad. Mi realidad.

Mi realidad era estudiar en un colegio que odiaba. Para ser más justos, lo que odiaba era tener que ir al colegio, sin importar qué colegio fuera. Mi realidad era tener unos papás que en ese tiempo yo percibía como desinteresados en mí y en mis obligaciones escolares. Era estar atrapada en un cuerpo adolescente que me daba asco y en una mente traicionera, en una mente que podía dilatarse hasta tragarme con sus miedos de colmillos afilados y gargantas tan hondas, que levantarme cada mañana, ponerme el uniforme, sentarme en mi pupitre y hablar con mis compañeros era, para mí, una cosa más pesada y terrible que la encomendada a Sísifo por los dioses griegos. Me sentía una paria, un alien, un glitch genético. Me sentía como se sentían, en el fondo, muchos de mis pares. Seguir leyendo “Mis días con Potter”

Bienvenida a la selva vegana (la ruptura que aún no es)

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Texto publicado originalmente en Zoila como parte de un especial sobre rupturas.

A medida que los animales empezaron a ocupar una mayor parte en mi vida, el espacio que había en mis platos para ellos se redujo. También se redujo el espacio para sus productos derivados, productos que llegan a nuestras casas y mesas mediante procesos en los que ellos son maltratados. Para mí, los animales, todos, son nuestros semejantes, prójimos. Y no en el sentido bíblico, sino biológico: nuestro ADN es más parecido que distinto. Y como no creo en cosas como el alma humana y la carencia de una entidad animal homóloga, me veo bastante reflejada en ellos. Veo que hacen las mismas cosas que yo, de maneras distintas, claro, pero nacen y mueren exactamente cómo lo hacemos nosotros.

Para contarles cómo rompí con una vida de dieta carnívora debo empezar por el principio, por los momentos que marcaron un entramado que solo ahora reconozco. Cuando era niña y adolescente, creía que los animales me importaban (o quería creerlo). Creía que no era indiferente a su sufrimiento. Pero en realidad era muy poco consciente de la responsabilidad que tenía frente a ellos y que era inherente a mi posición de poder como humano que estaba al cuidado de criaturas en nombre de quienes yo hacía toda elección. Tuve perros, gatos, conejos, tortugas, gallinas. Y hoy me duele y me persigue el recuerdo de todas las veces que no les puse agua o alimento, o de cuando los dejaba dormir afuera de la casa, quizás sin el abrigo necesario, porque mis padres así lo querían. Hoy me duele cada vida que pude haber hecho menos terrible. Me duele no haber visto su sufrimiento solo porque no intenté hacerlo.  Seguir leyendo “Bienvenida a la selva vegana (la ruptura que aún no es)”